SER BUENOS VECINOS

Updated: Nov 17, 2020

“Todo el mundo estaba impresionado”

Hechos 2,43



De pequeño siempre que oía la palabra “prójimo” me aparecía un interrogante enorme. ¿Qué significaba esa palabra (que además en catalán suena hasta más raro -“proïsme”-)? Más adelante aprendí que el “prójimo” es todo aquel que está próximo a nosotros. Se trata de aquel que nos encontramos en el camino de nuestra vida.

Como muchos de vosotros, a lo largo de estos últimos meses he procurado ayudar a los que lo necesitaban. Sabemos que el mandamiento principal es el de “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt 22,37). Pero sabemos que Jesús unió a este precepto el de “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 39). Ambos mandamientos van unidos. En verdad, no podemos vivir uno sin vivir el otro. Y eso es un gozo, porque en el fondo nos gusta amar, poner el amor en acción. Los cristianos, si rezamos bien, nos sentimos impulsados a amar a la gente, a los que están próximos a nosotros. Unos de esos que tenemos bien cerca son nuestros vecinos.

Ahora, seguramente como nunca en estos últimos años, la Iglesia está llamada a dar forma a lo que significa ser un buen vecino. Además, el Papa Francisco nos recordó hoy en esta Jornada Mundial de los Pobres, la llamada que Dios nos hace a “tender la mano a los pobres”.

Tal vez quieras “tender tu mano” a quien lo necesita, pero te preguntes por dónde empezar. Te propongo cuatro pasos sencillos que todo el mundo puede hacer con sus vecinos, o su prójimo.

Primero: debemos conocer individualmente a nuestros vecinos. No podemos amar a las personas que no conocemos. La gente puede vivir durante años unos al lado de los otros sin conocerse. Esto es evidente en las ciudades, pero esta forma de “relacionarse” también llega a los pueblos. Cuando en verdad, para empezar una conversación no hace falta ser guionista de una serie. Todo empieza con la amabilidad. El libro de los Proverbios nos dice: “Quien se afana en el bien será favorecido” (Prov 11,27).

Cuando he compartido con personas de las dos parroquias del pueblo me han contado actos que han hecho verdaderamente hermosos. Tirar las basuras a una señora mayor, ofrecerse para hacer acompañamiento telefónico a quien está solo o comprar el pan a quien es persona de riesgo. La lista es larga.

Segundo: debemos dar ánimo continuamente a nuestros vecinos. Todos necesitamos palabras de aliento. La gente busca esperanza. Y se la podemos dar. Comparte, comparte… Proverbios 12,25 nos recuerda que “la angustia deprime el corazón, una buena palabra lo alegra”. Sé de una niña de trece años que ató unos globos con un cordel en la barandilla del rellano, llamó al timbre de la vecina que vive sola y le dio los buenos días. Seamos creativos.

Tercero: debemos servir alegremente a nuestros vecinos. El servicio, decía Madre Teresa de Calcuta, es el amor en acción. Ya nos recuerda el apóstol San Juan: “Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17).

Así que esta es una gran oportunidad para que todos pongamos nuestros talentos al servicio de nuestros vecinos. Pensemos en las necesidades no solamente materiales, sino también emocionales, espirituales, u otras necesidades prácticas.

Cuarto: debemos compartir a Cristo personalmente con nuestros vecinos. En esta época ha quedado claro que esas conversaciones para salir del paso sobre el tiempo o el fútbol no sirven para nada. Tenemos que recordar que Dios ama todo lo que ha creado y que ama apasionadamente a cada persona que Él ha creado, también a tu vecino. Y puede que él no lo sepa, que nunca se lo hayan dicho, o que no se acuerde ya de eso. Seguramente Dios espera decírselo a través de ti y de mí. No busquemos muchos "challenge" por ahí. Tenemos un "challenge" de los buenos en la puerta de al lado.

Esta es la demostración definitiva de que queremos a nuestros vecinos. Si compartimos a Cristo y nuestra fe, realmente estaremos siendo buenos vecinos. Porque si quiero lo mejor para mi prójimo, no le esconderé a Cristo. No hay vergüenza que valga.


Seguramente si amas más es porque nuestra fe te ha enseñado eso y nuestra fe se fundamenta en una persona: Cristo. Como le dijo San Pedro a ese lisiado de nacimiento: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, Nazareno, levántate y anda” (Hch 3,6).

Para acabar, esta semana te propongo llevar a la práctica estos cuatro pasos. ¡Ánimo todos!


Feliz semana y que Dios te siga bendiciendo. :)


P. D.: Si te ha gustado el texto, dale al corazón que hay abajo a la derecha.

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