DICHOSO ESTRÉS...

Updated: Apr 26, 2021

"¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse

podrá añadir una hora al tiempo de su vida?"

Mateo 6,27




El estrés, desde hace años, se ha convertido en uno de los mayores problemas de nuestra sociedad.


Hace diez días me decía una chica que cada día, a los veinte minutos de entrar a las ocho al trabajo, ya van todos acelerados y con un ritmo absolutamente desbordante hasta que acaban la jornada.


El estrés es un estado de tensión mental o emocional que experimentamos en circunstancias muy exigentes.


Uno puede vivir estresado un día, una semana, quince días o un mes, pero vivir estresado siempre no es normal. No podemos normalizar el estrés.


A veces, tenemos la vida muy ocupada. Se nos exigen muchas cosas: estar impecables, tenerlo todo controlado, hacerlo todo bien, estar siempre de buen humor, llegar puntuales a los mil compromisos personales y familiares... Todo con buena cara, por supuesto.


Sin embargo, no hemos sido creados para vivir estresados o para sentirnos siempre como si nunca estuviéramos a la altura.


¿Quieres saber un dato? La principal causa de estrés en la vida de muchos es la preocupación. Te preocupas porque te preguntas si tendrás lo que necesitas cuando lo necesites.


Jesús nos dice: “¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse podrá añadir una hora al tiempo de su vida?” (Mateo 6,27).


¿Quieres una solución para la preocupación? Si desea una cura para el estrés, debes aprender a acudir a Dios.


Mira si te suena alguna de las siguientes situaciones. Algunas personas encuentran su seguridad en su trabajo. Pero cuando pierden su trabajo, pierden la tranquilidad. Otros ponen su seguridad en su matrimonio. Pero cuando su cónyuge muere o pasan por un divorcio, preguntan: “¿Quién soy yo? ¿Qué hago ahora con mi vida? O tal vez ponen su seguridad en su dinero. Pero cuando el dinero se acaba, pierden la autoestima.


¿Por qué pondrías tu seguridad en cualquier cosa que te puedan quitar? Podrás perder tu trabajo, tu salud, tu reputación, tu cónyuge e incluso tu cabeza. Pero no puedes perder tu relación con Cristo.